miércoles, enero 25, 2012

abatido

últimamente me siento solo
últimamente
nada me inspira
nadie me mira

últimamente me siento solo
últimamente
no encuentro el río
ni veo el mar

últimamente
odio los colores
últimamente
y extraño lo gris

últimamente
camino solo
últimamente
como hace tiempo

viernes, septiembre 30, 2011

Sin mirar atrás

Carlos abre la puerta del edificio donde vive con Marcela, entra y toma el ascensor. No se mira en el espejo. Sube cinco pisos, sale al pasillo y no devuelve el saludo de la vecina del A que sale a tirar la basura. Abre la puerta del B y el olor a tuco le hace tragar saliva. Cuelga el sobretodo y el saco en el perchero y se afloja la corbata; se dirige al baño y no mira para la cocina al cruzar el comedor. Marcela, parada frente a la mesada, gira y sí lo mira a él. Carlos cierra la puerta del baño, termina de quitarse la corbata, también se quita la camisa, y tira todo al piso; abre la canilla y se moja las manos, se enjuaga la cara. Ahora sí se mira en el espejo. Murmura: Cada día soy más distinto de lo que soñaba ser cuando era joven. Marcela golpea la puerta y le pregunta si está todo bien. Él abre. La mira y no sonríe. Dice: Nos vamos mañana.

martes, septiembre 27, 2011

Quinta estación

el sabor del agua clara en la boca
la fresca fresa incolora que fluye de a gotas,
raspa la lengua
se oye aquí lo que suena allá

tocar con todo el cuerpo
en el sueño no hay cuerpo

caminar desnudo y sin antorcha
en una fría y oscura caverna
sentir la roca en las yemas
rozar la intimidad de la montaña

gozar con todo el cuerpo
en el sueño no hay cuerpo

oler la flor y entenderla
desojar el vicio del salvaje que no habla
pastar las orquídeas del pantano
los pies desnudos en el fango

pisar con todo el cuerpo
en el sueño no hay cuerpo

lunes, septiembre 12, 2011

La Juanita

No le gustaban los besos a la Juanita, pero cómo cogía. A mí me desvirgó. Tenía trece, yo, ella debía andar por los dieciséis, calculo. Igual, cuando te daba era como si tuviera treinta y pico. Sabía lo que hacía la Juanita, no era ninguna improvisada.

Cada polvo es único. Hay mejores y peores; la mayoría, olvidables. Dudo de que mi primer polvo haya sido de los mejores, pero es el que más recuerdo. Fue bueno, después de todo, al menos para mí. Ignoro lo que le pasaba a la Juanita, porque nunca habló mucho, ni antes ni después. Ella te cogía sin pedir nada a cambio, como quien te cede el paso para cruzar una puerta.

Me agarró en su casa, recuerdo. Sobre la alfombra del living me dijo: No te muevas, dejame a mí.

Nada de besos, la Juanita me bajó los pantalones y entró a meterme mano; para lo que me hacía falta, yo estaba listo una hora antes, desde el momento en que me llamó por teléfono y con un susurro me dijo: Vení que quiero coger.

La Juanita desabrochó la bragueta de su jean. Con una mano me tocaba y con la otra me guiaba para que yo hiciera lo mismo en su entrepierna. Toqué el interior de su sexo afiebrado. Al rato me había desnudado. Se me sentó encima y me jineteó como a un subibaja.

Antes dije que la Juanita sabía lo que hacía. Yo estaba por acabar, y ella se quitó el corpiño y soltó sus pechos: en libertad, rebotaban contra el aire.

Después fumamos. Nunca había fumado, también eso aprendí de la Juanita. En cada pitada fui descubriendo el olor de su sexo impregnado en mis dedos.

Durante un sólo febrero me tuvo de alumno. Hasta que se cansó de mí. Durante ese mes me dio para el campeonato. A la siesta, día tras día, en su casa y sobre la alfombra del living, religiosamente, siempre ahí. Aprendí todo su kamasutra.

Temía que nos sorprendiera su padre, así que varias veces intenté persuadirla de ir a su pieza, pero nunca quiso; decía que le gustaba más en la alfombra; que su cama era un lugar sagrado, eso decía.
Era un poco mística la Juanita. Eso también me daba un poco de miedo.

Recuerdo una confesión de la Juanita, de las pocas charlas verdaderas que tuve con ella: dijo que de chica, cuando su padre la llevaba a la plaza, le fascinaba restregarse encima de los bancos de madera, pero que más le gustaba treparse a los postes diagonales de las hamacas; que cuando lo hacía, me contó, sentía que dios le temblaba por dentro.

martes, junio 28, 2011

allí donde al final estás

abrís la puerta
y una ventana
al otro lado está

querés ver más allá
parado donde estás

ves mucho más que otros
que ni siquiera están

pero pensás que es inútil
que al igual que otros
siempre te quedás
allí donde al final estás

domingo, febrero 06, 2011

Sobre la propiedad de mi cuerpo

Trabo la puerta del baño y me desnudo. Abro el agua caliente de la ducha y observo el vapor que comienza a emanar. Me paro frente al espejo y contemplo mi cuerpo: no son tantas las cicatrices; los tatuajes lucen perfectos, y los aros contribuyen a mi personalidad. El abdomen firme, el sexo erecto.
El vapor comienza a empañar la superficie del espejo, y mi cuerpo se desenfoca. Poco a poco la imagen de mí desaparece, como un oscuro fantasma tras la niebla.
Entro en la ducha y cierro los ojos.
No pienso. El agua me recorre, barniza mi cuerpo, lo protege del mundo exterior.
Me masturbo. Gozo y expulso el deseo de días.
Logro ser yo, un ser íntimo, privado, libre.

El pasto volverá a crecer

I


Cuando al fin abriste la puerta y entraste, ya era tarde.

Los cubiertos y tu plato limpio sobre la mesa. Mi codo derecho. Un cenicero: dos colillas y un cigarrillo encendido. Migas de pan sobre el mantel. Un vaso con vino a la mitad. Mi plato sucio.
Estoy sentado: el tele encendido (empieza ese programa que siempre nos quedamos mirando hasta tarde, entre bostezos y risas). El pastel de carne tibio y la cubetera en pleno deshielo. En la cocina, la mesada parece el escenario de unas de las cruzadas: cociné. No festejábamos nada; fue tan sólo un gesto, un impulso que no pude reprimir. Pero no estabas ahí para merecerlo y, cuando al fin abriste la puerta y entraste, fue demasiado tarde.
Colgás tu piloto y te quedás al lado del perchero. La rabia que siento contiene la risa que me provoca verte así, empapada, con los pelos revueltos por el viento. La excusa, lo más probable, será una salida con tu grupo de teatro. Pero no aceptaré razones ni disculpas, ningún estuve por llamarte podrá calmarme. Quizá sólo baste un abrazo, mudo, de tu parte. Y entonces descansaré mi pómulo en tu hombro y vos me pedirás que me calme y también serás presa del desasosiego y comenzarás a besarme.

Después, en silencio, fumamos y miramos la tele.

Comienzo a levantar los platos de la mesa. Parado frente a la puerta de la cocina, me doy vuelta y te digo: Le puse queso al pastel, como te gusta. Te amo, decís, mañana al mediodía lo pruebo. Pero ya es tarde, demasiado tarde.



II

Aún no comprendo qué nos llevó a detenernos en lo de tu amiga Natalia.
Eran nuestras vacaciones. Habíamos acordado estar los dos solos el mayor tiempo posible; pero insististe con que ella era tu única amiga, tu “verdadera” amiga; que hacía tiempo no veías y que era la oportunidad para que yo la conociera. Tal vez por eso accedí a que pasáramos por su casa. Además, según vos, sería tan sólo cenar y dormir: por la mañana temprano reemprenderíamos el camino a la montaña.
Cuando llegamos a la casona inglesa, rodeada de árboles, te miré con asombro y me preguntaste qué me pasaba. Iba a decirte que sería maravilloso vivir en un lugar así, pero del otro lado de la reja había aparecido Natalia. Al verla, tu cara se transformó. ¿Cómo podía ser que en más de cuatro años juntos jamás te hubiese visto sonreír de esa manera?
Bajaste del auto y corriste. Se abrazaron y se dijeron cosas al oído. Yo había quedado al lado del auto, con la puerta a medio abrir, mirándolas. A juzgar por las fotos del viaje a México, que alguna vez me mostraste, Natalia no había cambiado en su aspecto físico: el color del cabello y el corte seguían siendo iguales, y su cuerpo delgado mantenía las formas de la adolescencia.
Nos presentaste.
Después de entrar el auto, Natalia nos mostró la casa y nos contó un poco sobre la historia de cómo había logrado quedarse con ella a pesar de la separación. Recorrimos la planta baja y luego nos llevó a ver el parque. Dos perros custodiaban la gran pileta de natación vacía. Al fondo, un quincho ocupaba casi todo el ancho del terreno.
La idea del asado fue mía. Así que me hice cargo tanto de la preparación como de ir a buscar la leña. Para eso tenía que cruzar al terreno vecino, a la arboleda de atrás del quincho.
Eran las cinco de la tarde. Natalia me dijo: te conviene ir ahora, apenas empiece a oscurecer no vas a ver nada. En ese cuartito, continuó, hay un hacha y un machete, y señaló hacia la puerta que estaba a la derecha del asador.
No pude dejar de recordar ese cuento de Carver que tanto te gustaba, aunque la situación poco tenía que ver.
Pensé primero en usar el hacha, pero una vez que la vi, opté por el machete que me pareció más manejable. Salí del cuartito, ustedes habían regresado a la casa, y me dirigí hacia el alambrado. Los perros me siguieron y tomaron la delantera, indicándome por dónde cruzar. Evidentemente conocían este tipo de excursiones. Ya en el terreno vecino, los seguí entre los árboles. No habíamos hecho ni diez metros cuando comenzaron a torear y se alejaron corriendo. Los perdí de vista, pero seguía oyendo los ladridos. Ya volverán, pensé. Luego me dirigí hacia la derecha hasta que di con un árbol seco. Arremetí contra él. Apenas empecé con los machetazos, los perros volvieron y se echaron a mi lado mientras cortaba la leña.
Diez minutos después, tuve que parar. Caí en la cuenta de que el hacha habría sido más efectiva.
Me senté sobre una piedra y prendí un cigarrillo. Me entretuve observando el valle. El lugar era magnífico, y el silencio era tal que pude oír cuando ustedes regresaron al parque. Con cautela, me acerqué hacia la pared del quincho. Volví a sentarme. Los perros me siguieron. La acústica del lugar era formidable, tu voz era tan clara que parecía que hablabas a mi lado. Entonces, pude escuchar cada palabra de lo que le contaste a Natalia.

Volví hasta el árbol seco y terminé con él como pude. Hice tres viajes para transportar la leña. Cuando llegué con la última carga, Natalia me esperaba con una lata de cerveza. Vos no estabas. Me dijo que habías ido a bañarte. A mí no me vendría mal, dije, hace mucho calor. Sí, es cierto, dijo, igual a la noche va a refrescar, por la radio anunciaron tormenta a la madrugada. Miré hacia el cielo buscando alguna nube. Fue un gesto automático, lo mismo que bajar la vista y encontrarme con sus ojos, mirándome, como los hombres miramos a veces a la mujer de un amigo. Está buena la cerveza, dije. Si querés ducharte, dijo, hay otro baño arriba.
Cruzamos por el pasillo principal de la casa hasta el comedor. Llegamos a la escalera y me detuve un momento para verla subir. Comprobé que Natalia tenía la misma manía que vos: subir los escalones en puntas de pie. Giró y me dijo: Deberías aprovechar para traer los bolsos y dejarlos en la pieza. Asentí y fui a buscar nuestro equipaje que había quedado en el auto. Volví con ellos y subí la escalera. Natalia se asomó por la puerta de una de las habitaciones. Traélos acá, me dijo. Era la pieza donde dormiríamos vos y yo esa noche. Luego me indicó el baño. Antes de que se fuera le pregunté si no le daba miedo vivir sola en una casa tan grande, tan lejos de la civilización. Me respondió que no, que tenía a sus dos perros, que a la noche se quedaban adentro. Me sigue pareciendo más peligroso vivir en una ciudad, dijo.
La ducha me renovó. Mientras me secaba, tus palabras volvieron a resonar en mí; intenté darles otro sentido, pero fue inútil.
Bajé y las encontré a las dos en la cocina, conversaban y bebían cerveza. Busqué una lata y salí al parque. Era tiempo de encender el fuego.
Cuando el asado estuvo listo, supe lo que tenía que hacer. No habría marcha atrás.
En el único momento que pensé en otra cosa fue durante la cena, cuando Natalia relató la historia de cómo te conoció. Admito que conversamos bastante más de lo que yo había imaginado soportar. Igual, les llevé la corriente hasta donde pude. Mentí con eso de que me sentía un poco mareado, para poder dejarlas a solas.
Tirado en la cama, con la ventana abierta, podía escucharlas conversar. Esperé que una de las dos volviera a tocar el tema de la tarde. El cansancio pudo más.
Me desperté por los ruidos de la tormenta, el radio reloj mostraba las 4:00. Vos dormías a mi lado. Afuera el viento agitaba los árboles y los relámpagos iluminaban la habitación. Me levante y cerré la ventana. Desde allí, con cada destello, veía la pileta, el quincho y, más atrás, el terreno vecino.
Fui hasta el baño. En el pasillo me encontré con los dos perros, movían la cola y me daban lengüetazos en las piernas. Miré hacia la habitación de Natalia: la puerta estaba abierta. Me acerqué. Como en la tarde, los perros se adelantaron. Lo entendí como una invitación a entrar. Tu amiga dormía boca abajo, apenas tapada por la sábana. Con cada relámpago, pude observar su cuerpo desnudo.

Bajé a la cocina. Los perros me siguieron. Bebí un vaso de agua. Fumé un cigarrillo mientras miraba la tormenta por la ventana. Lo acabé y prendí otro. Lo fumé. Abrí la puerta que daba al parque y caminé bajo la lluvia hasta el alambrado. Esta vez, los perros no vinieron. Crucé al terreno vecino y fui hasta la parte trasera del quincho. La lluvia parecía perder fuerza. Avancé hasta encontrarme con lo que había quedado del árbol seco. De haber elegido el hacha, pensé, nada de esto habría sucedido.



III


Es nuestro primer viaje después de lo sucedido en el verano. Volvemos a casa. Medimos cada palabra como si fueran nuestras últimas municiones en el frente de batalla: un diálogo mutilado, artificial, que no deja lugar a desacuerdos. Hacemos comentarios sobre lo que vamos oyendo en la radio: diferentes estaciones que nos acompañan a lo largo de los trescientos kilómetros de autopista.
Escuchamos de todo, hasta algún que otro tango, como si fuésemos exiliados. Cuando suena una canción que me gusta, subo el volumen. La ruta se hace más áspera y las gomas del auto muerden el asfalto. Acelero. Recorremos varios kilómetros. De repente, un alambre de luz paraliza el aire y raya el este del paisaje: no habíamos advertido la tormenta. Bajo la velocidad. Los campos sembrados oscurecen por los nubarrones invaden el cielo: caen las primeras gotas contra el parabrisas. Apago la radio. Siento tu mano sobre mi pierna. También yo tengo miedo. Mi vista se agudiza, estoy atento a lo que sucede a nuestro alrededor. Es mucho lo que deberíamos decirnos, pero hablar durante el viaje es uno de los lugares comunes que quiero evitar. Miro por el espejo. Una camioneta, a gran velocidad, nos pasa y se aleja, desaparece tras la densa cortina de agua.
Media hora después, una de las calzadas está interrumpida; vemos ambulancias y vehículos de la policía por todas partes. El tránsito es un caos. Una camioneta, la ue nos había pasado, creo, está tumbada sobre la vía lenta. Disminuyo la velocidad. Unos metros más adelante yace un perro al costado del camino. Parece respirar. Nos miramos. Dirijo el auto hacia la banquina y detengo la marcha. Sin pronunciar una palabra, bajamos. Nos detenemos frente al cuerpo exánime: los ojos húmedos, la lengua contra el barro ensangrentado. La lluvia nos moja, es el momento ideal para llorar, pienso. Agarramos al animal que aún está tibio y con dificultad lo cargamos en el asiento de atrás.

Llegamos a casa y ya no llueve. La tierra del jardín está blanda. Lo primero que hacemos es enterrar al perro. Sepultamos también nuestra ropa húmeda de agua y sangre. Desnudos, nos miramos.

martes, enero 11, 2011

Las perversiones de Francine

Queda tiempo. Conversamos un poco. Me cuenta que tiene planes para su vida, que esto es temporario, que estudia para ser actriz y que con lo que labura le alcanza para mantenerse y para pagar la academia; finjo que le creo y le sigo la corriente: ¿A qué academia vas? Me responde al instante, como si hubiese esperado la pregunta: A la de Valeria Lynch, estudio para comedia musical. O sea que Francine canta, pienso y se lo digo. Sí, responde, es lo que más me gusta y lo que mejor me sale. Le pido que me cante algo, pero se niega. No me gusta mezclar el placer con el trabajo, declara.

Quito el tapón a la bañera y dejo escurrir el agua sucia. Giro el comando de la ducha y abro el agua. La flor chilla y suelta una lluvia tibia que me reconforta, arrastra consigo una sensación de luto. Me vuelvo a enjabonar y soy aplicado en la zona genital, llevo la mano más abajo, hurgueteo un poco y presiono con el índice hacia adentro. Más que placer, es intriga lo que siento. Pienso: Francine es un centauro.

La verdad es que yo no había pensado en metérsela por atrás, pero la veo levantarse y caminar hacia el baño, y su espalda y su cintura y sus nalgas, su desnudez de estatua me hacen acordar a la Livia de la película de Tinto Brass, la de las perversiones; la escena en la que el oficial nazi la sodomiza junto a la ventana y dedica cada una de sus estocadas: “Por el culo a ti, Livia”, le dice al oído, “por el culo a tu marido, y a mi mujer, Livia puttana”, y Livia gime y el oficial la embiste cada vez más fuerte y le grita: “¡Por el culo a Italia, porca puttana, por el culo a Francia y por el culo a Hitler!”. Vuelve Francine del baño y yo sentado en el suelo contra la cama -porque recién lo hicimos en la alfombra-, las piernas abiertas y una erección enorme e inclinada hacia la derecha. Parece que tu amigo está listo para otra participación, dice Francine y se sienta a mi lado. A mi amigo le gusta mucho Francine, le digo un poco sobreactuado. Ella se ríe y comienza a masturbarme con la mano izquierda -no sé de dónde lo sacó pero-, en la derecha tiene un forro; se me quiere sentar encima para volver a cabalgarme, pero retraigo las piernas, me arrodillo y la tomo de la cintura -voy a hacerla girar y a tirarla contra la cama-: Dejame por atrás, le digo con la boca pegada a su oído. No, rezonga, no soy completa, bebé. Le recuerdo el anuncio de la página, donde constan sus servicios: “Vaginal y anal”, además ella me lo había repetido al teléfono; me explica que la que habló conmigo es su secretaria, que atiende el teléfono de varias chicas y que puede haberse confundido, a veces pasa. Pero habló por vos, me quejo, nunca dijo que fuera tu fiolo. Es una secretaria, no un fiolo, aclara, no tengo fiolo y por las páginas no te guíes nunca, porque no las armamos nosotras, son agencias de publicidad. Después de semejante charla, la idea de metérsela por el culo se me olvida, lo mismo que la erección; pero todo es parte de la estrategia de Francine que sabe cómo manejar a un cliente; ahora se da vuelta y quedamos frente a frente, abre su piernas y me atrae hacia ella con los talones clavados en mi cintura; hace un gesto adolescente, como las pendejas en las fotos que suben a Facebook, pone los labios en trompa, la cabeza levemente inclinada. Pestañea. Puedo hacer un sacrificio, rezonga, sería como un premio porque te portaste bien y porque me gustás mucho, bebé, pero me tenés que incentivar; cierra la propuesta con un beso. Y de cuánto estamos hablando, voy al grano. No, bebé, no me hagas pensar en plata que se me van las ganas, esto no tiene precio, vale lo que vos digas. Me besa otra vez. Tengo cien, digo. Sonríe: Dejá que tu amigo se entere de lo que vale Francine.

Francine, la encantadora de serpientes. Pruebo con el anular, voy bien adentro. Es difícil contener la eyaculación.

Tranquilo, me había dicho Francine, entrame despacio. Se había arrodillado sobre el borde de la cama, ofreciéndome sus ancas. Había girado por sobre hombro y me había mirado un poco desencajada. Empujo, lento pero constante. Francine se queja; siento que Francine se ablanda un poco y voy más adentro, apenas medio centímetro; me quedo ahí, ahora retrocedo, y otra vez empujo; Francine emite gemidos de dolor y de placer -no sabría distinguirlos-; sus inspiraciones son cada vez profundas y sus expiraciones, más guturales; cuando siento que es el culo de Francine el que empuja hacia mi cadera, detengo todo movimiento; la sujeto fuerte de la cintura con ambas manos. Francine ya no gime. Mirame, le digo. Gira la cabeza y compruebo que está a punto de llorar; intenta una sonrisa pero es tan sólo un esbozo. Francine, le digo, tenía muchas ganas de metértela por el culo, ¿sabés? Por el culo, Francine. Dale, dice ella, metémela toda. Te la estoy metiendo, Francine, ¿no la sentís? No, dice. Entonces la empujo con todo el peso de mi cadera; voy lo más adentro que puedo. Por el culo a Francine, le digo. Por el culo a tu secretaria, Francine, y a los publicistas. Vos estás loco, dice y se ríe, esta vez de verdad. Por el culo a ¡Valeria Lynch!, Francine. Ahora suelta una carcajada, y yo sigo, cada vez más fuerte, más rápido, más excitado; con cada embestida de mis caderas contra sus nalgas, una nueva dedicatoria: ¡Por el culo a dios, porca puttana! ¡Por el culo a los milicos! Ella no para sus carcajadas y ya no puedo contener eyacularme así que salgo de Francine y me vierto sobre su espalda, mientras con voz temblorosa grito: ¡Por-el-culo-a-Perón!

Ahora utilizo el gel de ducha, es aromático y me relaja; me enjuago y me seco el cuerpo con una toalla limpia, con olor a suavizante. Salgo desnudo al pasillo. La puerta de la pieza de Catalina está cerrada, no me gusta que se encierre, no tiene edad para tanta privacidad; abro y la espío; duerme. Entro a mi habitación y Julia entreabre los ojos, bosteza, dice algo así como “¿No tenés frío?”, gira hasta quedar boca abajo y se tapa hasta el cuello. Entre las hendijas de la persiana se desliza la primera luz del día. Es lunes. En casa todo el mundo duerme mientras me preparo para salir. Abro el ropero y comienzo a vestirme.