lunes, mayo 14, 2012

El precio de un buen corazón


La que sigue es una historia real, se la escuché contar a uno de sus protagonistas.
Carlos y Turi eran dos amigos que ya habían pasado los sesenta años. A Turi tuvieron que hacerle un transplante de corazón.
Tiempo después, Carlos lo llamó para pedirle si podía prestarle diez mil pesos. Turi le dijo que no había ningún problema: “¿Cómo querés que hagamos, Carlitos, ¿querés que te los mande a tu casa?”. Entonces Carlos le dijo que en realidad no necesitaba nada, sólo estaba probando que le hubieran puesto un corazón tan bueno como el que tenía antes.

miércoles, abril 18, 2012

El sentido de las cosas

Qué sentido tiene, escribí ayer. Qué sentido tienen las cosas o, mejor dicho, qué sentido tiene cada cosa en particular. Aunque todo cabe en una pregunta más amplia: ¿qué sentido tiene la cuestión del sentido de las cosas?

Hablé con un amigo de hace años, un perdedor hermoso. Lo llamé, no sé por qué. En realidad sí, es que de pronto tuve ganas. (La maldita necesidad de explicar todo). Ya sé, está internet, el chat, los mails y los mensajes de texto, pero nada como el roce de la voz en el tímpano. La irreverencia de la voz hacia la pasividad del oído. El perdedor hermoso me contó, entre otras cosas, cómo va el proyecto en el que está metido: una radio. Y me contó, también entre otras cosas relacionadas, que el estudio de la radio está en su casa y todo lo que eso implica y entonces la charla derivó hacia otra parte y hablamos de otras cosas. Prometimos vernos la próxima vez que nos encontremos cerca.

Horas después lo supe. A veces, la charla genera en las personas grandes emociones. Mucho que ver tiene el efecto psicofísico que produce el roce de del sonido en la memoria, auditiva ( Pascal Quignard ya se explayó lo suficiente como para que yo intente hacerlo ahora, torpe). La memoria auditiva, decía: quedé conmovido al cortar con el perdedor hermoso y por el lapso de algunas horas me sentí drogado de plácido. Pensaba que había sido la voz del perdedor hermoso pero después supe que era otra cosa, algo de lo que no hablamos cuando se pronunció la palabra radio pero en algún nivel me trastocó y no sé cómo pero ahora lo veo: el perdedor hermoso puede, si quiere y cuando quiere, encender el micrófono y empezar a hablar.

lunes, abril 09, 2012

Atravesar la selva

me gustaría salir corriendo ya
y atravesar esa selva
a la velocidad de la lanza
sorda
y ciega
que al aire corta
con su cabeza de víbora enlatada
y desplomarme al fin
al centro, en el seno,
de la laguna
junto a los peces pardos
que ignoran el cielo, como nosotros
la inmensidad



miércoles, enero 25, 2012

abatido

últimamente me siento solo
últimamente
nada me inspira
nadie me mira

últimamente me siento solo
últimamente
no encuentro el río
ni veo el mar

últimamente
odio los colores
últimamente
y extraño lo gris

últimamente
camino solo
últimamente
como hace tiempo

viernes, septiembre 30, 2011

Sin mirar atrás

Carlos abre la puerta del edificio donde vive con Marcela, entra y toma el ascensor. No se mira en el espejo. Sube cinco pisos, sale al pasillo y no devuelve el saludo de la vecina del A que sale a tirar la basura. Abre la puerta del B y el olor a tuco le hace tragar saliva. Cuelga el sobretodo y el saco en el perchero y se afloja la corbata; se dirige al baño y no mira para la cocina al cruzar el comedor. Marcela, parada frente a la mesada, gira y sí lo mira a él. Carlos cierra la puerta del baño, termina de quitarse la corbata, también se quita la camisa, y tira todo al piso; abre la canilla y se moja las manos, se enjuaga la cara. Ahora sí se mira en el espejo. Murmura: Cada día soy más distinto de lo que soñaba ser cuando era joven. Marcela golpea la puerta y le pregunta si está todo bien. Él abre. La mira y no sonríe. Dice: Nos vamos mañana.

martes, septiembre 27, 2011

Quinta estación

el sabor del agua clara en la boca
la fresca fresa incolora que fluye de a gotas,
raspa la lengua
se oye aquí lo que suena allá

tocar con todo el cuerpo
en el sueño no hay cuerpo

caminar desnudo y sin antorcha
en una fría y oscura caverna
sentir la roca en las yemas
rozar la intimidad de la montaña

gozar con todo el cuerpo
en el sueño no hay cuerpo

oler la flor y entenderla
desojar el vicio del salvaje que no habla
pastar las orquídeas del pantano
los pies desnudos en el fango

pisar con todo el cuerpo
en el sueño no hay cuerpo

lunes, septiembre 12, 2011

La Juanita

No le gustaban los besos a la Juanita, pero cómo cogía. A mí me desvirgó. Tenía trece, yo, ella debía andar por los dieciséis, calculo. Igual, cuando te daba era como si tuviera treinta y pico. Sabía lo que hacía la Juanita, no era ninguna improvisada.

Cada polvo es único. Hay mejores y peores; la mayoría, olvidables. Dudo de que mi primer polvo haya sido de los mejores, pero es el que más recuerdo. Fue bueno, después de todo, al menos para mí. Ignoro lo que le pasaba a la Juanita, porque nunca habló mucho, ni antes ni después. Ella te cogía sin pedir nada a cambio, como quien te cede el paso para cruzar una puerta.

Me agarró en su casa, recuerdo. Sobre la alfombra del living me dijo: No te muevas, dejame a mí.

Nada de besos, la Juanita me bajó los pantalones y entró a meterme mano; para lo que me hacía falta, yo estaba listo una hora antes, desde el momento en que me llamó por teléfono y con un susurro me dijo: Vení que quiero coger.

La Juanita desabrochó la bragueta de su jean. Con una mano me tocaba y con la otra me guiaba para que yo hiciera lo mismo en su entrepierna. Toqué el interior de su sexo afiebrado. Al rato me había desnudado. Se me sentó encima y me jineteó como a un subibaja.

Antes dije que la Juanita sabía lo que hacía. Yo estaba por acabar, y ella se quitó el corpiño y soltó sus pechos: en libertad, rebotaban contra el aire.

Después fumamos. Nunca había fumado, también eso aprendí de la Juanita. En cada pitada fui descubriendo el olor de su sexo impregnado en mis dedos.

Durante un sólo febrero me tuvo de alumno. Hasta que se cansó de mí. Durante ese mes me dio para el campeonato. A la siesta, día tras día, en su casa y sobre la alfombra del living, religiosamente, siempre ahí. Aprendí todo su kamasutra.

Temía que nos sorprendiera su padre, así que varias veces intenté persuadirla de ir a su pieza, pero nunca quiso; decía que le gustaba más en la alfombra; que su cama era un lugar sagrado, eso decía.
Era un poco mística la Juanita. Eso también me daba un poco de miedo.

Recuerdo una confesión de la Juanita, de las pocas charlas verdaderas que tuve con ella: dijo que de chica, cuando su padre la llevaba a la plaza, le fascinaba restregarse encima de los bancos de madera, pero que más le gustaba treparse a los postes diagonales de las hamacas; que cuando lo hacía, me contó, sentía que dios le temblaba por dentro.

martes, junio 28, 2011

allí donde al final estás

abrís la puerta
y una ventana
al otro lado está

querés ver más allá
parado donde estás

ves mucho más que otros
que ni siquiera están

pero pensás que es inútil
que al igual que otros
siempre te quedás
allí donde al final estás